El Cadaqués al que no iremos.

Cadaqués es uno de esos pueblos que están en mi imaginario como un lugar al que hay que ir cuando estás enamorado. Una escapada amorosa a Cadaqués en otoño, en invierno, en primavera, y sí, incluso en verano -total, cuando estás en esa nube de algodón de azúcar te dan igual las circunstancias- se me antoja irresistible.

Y aunque ir a Cadaqués en plan romántico debe de ser como ir a París de luna de miel: demasiado tópico para ser vivido con naturalidad, no puedo evitar el deseo de saborear la experiencia.
Así que se lo propuse a J. a finales de primavera. Pero en eso se quedó, en un proyecto, porque entre una cosa y otra, al final nuestro primer plan de playa, el día de San Juan, nos encaminó a Sant Pol de Mar, en tren, cargados con diarios y revistas que sabíamos de antemano que no íbamos ni a ojear, tan centrados estábamos en vivirnos, con esa intensidad que no deja espacio para nada más.
Confieso que yo andaba más preocupada por los pelos de leona con los que me obsequiaria la humedad que por esa ingente cantidad de pequeñas cosas que implica un día en el mar: los enseres de playa.
J. fue más que paciente con mi desastroso capazo, que incluía, básicamente: nada. Por no contener, ni toalla de playa contenía, por lo que nada más llegar compramos esa esterilla a rayas amarillas y blancas que acabó acompañándonos todo el verano.
Ese día en Sant Pol fue maravillosamente calamitoso en cuanto a organización: corriendo a lo Usain Bolt para no perder el tren a la ida, avería en el convoy a la vuelta, sin reserva para comer, hasta en una horchatería vacía acabamos haciendo cola para pagar… Y evidentemente, acabé con un peinado que habría hecho las delicias de la Tina Turner más salvaje.
Y ese día en Sant Pol también fue el mejor primer día de playa de mi vida.

J. se fue con el otoño, pero, como nos cantó Calamaro en esa otra playa: «no importa el problema, no importa la solución, me quedo con lo poco que queda, entero en el corazón», porque al final lo vivido permanece y fue extraordinario, desde la primera mirada hasta el último abrazo. Y con los pedazos rotos siempre puedo recomponerme a lo Kintsukuroi* con bellas cicatrices de oro.

Y entonces piensas en lo que se quedó en el tintero y te das cuenta de que eso es lo realmente difícil de llevar: el futuro que fue y ya no será, el Chillida que no tocaremos, el lago en el que no nos bañaremos, la fruta cortada que no compartiremos, el Cadaqués al que no iremos.

kintsukuroi-l-pa3onx

* Kintsukuroi: Concepto japonés para denominar el arte de recomponer cerámica rota rellenando las grietas con resina espolvoreada con oro. En lugar de ocultar las marcas, estas se acentúan. La pieza nueva es más fuerte y más bella que antes de romperse porque cuando un objeto ha sufrido un daño, tiene una historia y, por ello, es más valioso.

Deja un comentario