Nada volverá a ser como antes.

Cuenta la leyenda que un hilo rojo invisible conecta tu vida con la de otra persona.

El dios de la luna une al nacer a las almas destinadas a encontrarse. Lo hace atando un hilo rojo invisible a sus dedos meñiques conectando así sus caminos, aunque aún no se conozcan. Este hilo rojo puede tensarse, enredarse o tardar años en hacer su magia, pero jamás se rompe. Es un lazo que atraviesa el tiempo, la distancia y el azar. Nadie lo ve, pero algunos dicen que se siente. Que tira suave del corazón.

Tal vez tienes la suerte de haberlo vivido. Esa sensación de conocer a alguien antes de conocerlo. De cruzarte con una persona que sabes que te va a transformar.

Conocí oficialmente a J. en una cena de amigos- y amigos de amigos- hace unos años. Y digo oficialmente porque por esos hilos rojos del destino, estoy segura de que nos habíamos cruzado decenas de veces antes de ese día. Fue una conexión inmediata, aunque taimada y silenciosa porque las circunstancias de la vida eran las que eran, complicadas. Qué difícil es encontrarse con la persona adecuada en el momento equivocado. Y así quedó ese instante, con su puntito de magia pero un poco como ese dios de la luna, lejano e inalcanzable.

Pasaron los años y ese hilo rojo seguía tirando suavemente de mi corazón, a ratos más tenso, a otros casi imperceptible. Pero ahí seguía bien atado, resistiéndose a ser vencido.

Y el día más inesperado volvió a prender la llama, esta vez más firme o más inevitable. Bastaron unas pocas palabras, otros pocos mensajes y algún deseo colándose entre líneas para ver que ahí estaba surgiendo algo intenso y solo nuestro a pesar de las complicaciones de la vida.

Y finalmente, una noche de verano volvimos a vernos. Ahora sé que ese hilo rojo, cuando sus extremos se tocan, estalla brutalmente provocando movimientos salvajes en las placas tectónicas del alma. Y ya sabemos que cuando esto ocurre hay que estar atento al mar, porque lo que viene tras el terremoto es un tsunami que lo arrasa todo…

Hay días que quedan grabados en la memoria para siempre. Ese día fue uno de ellos, como un sueño, una explosión de emociones incontenibles… y parecía que 47 millones de personas se hubiesen alineado para celebrarlo con nosotros.

Y de pronto te encuentras haciendo planes por encima de una vida que ya tenías planeada, robando minutos a unas horas que no son tuyas, creando paréntesis en esa vida con los pies en la tierra para vivir unos instantes en esa otra que transcurre entre las nubes.

Y te das cuenta de que después de esto, como dice la canción, ya nada volverá a ser como antes. Y no quieres pensar más allá: no hay futuro mientras vuelas. Solo esperas no estrellarte al aterrizar.

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