El último pretexto.

Ya se sabe que la memoria metamorfosea los recuerdos y deja de estos solo lo que nosotros queremos. ¿Qué haríamos si esa visión borrosa que nos queda fuera totalmente fidedigna? Si, cada vez que quisiéramos, pudiéramos volver a ver nuestros momentos más dulces (o amargos) o incluso si pudiéramos borrarlos para siempre?
Eso es lo que plantea el capítulo The entire story of you de la serie Black Mirror. En él, la mayoría de la gente tiene un chip implantado detrás de la oreja que registra todos sus movimientos. Todo queda grabado y puede ser reproducido a voluntad (lo llaman “re-visionar”).

 

Hoy quiero hacer una “re-visión” de uno de los momentos que conforman mis primeros recuerdos de J.: el primer partido del Barça al que fuimos juntos. J. es periodista deportivo, por lo que el fútbol modela una parte importante de su día y yo soy culé por nacimiento (sí, eso funciona así, como la nacionalidad en Estados Unidos), por mi abuelo, así que la experiencia estaba destinada a ser grabada a conciencia.

El fin de semana entero arrastraba intensidad. Estábamos conociéndonos, en ese momento imán: ese en el que sólo deseas fusionar tus minutos con los del otro, tal vez en un intento de atrapar el tiempo perdido. Fuimos encontrando múltiples excusas para no separarnos: callejear a pesar de que el día amaneció algo gris, probar un nuevo japonés, tratar de buscar un regalo para mi hermana o intentar ver una película. Al final ni salimos a pasear, ni fuimos al japonés, ni hicimos compras y del film que tratamos de ver, La juventud –en el que Sorrentino rinde un homenaje a Maradona- no aguantamos ni la mitad del metraje. Como en todo lo demás, nos era imposible concentrarnos en algo que no fuéramos nosotros; cualquier cosa que no consistiera en embebernos iba resbalando naturalmente hasta desaparecer.

El partido se convirtió en el último pretexto que encontramos, ya el domingo por la tarde, para mantenernos juntos un ratito más. Sabíamos que al terminar el juego, J. se iría a cenar con su hermana y yo, cual Cenicienta tras el baile, volvería a mi casa. No tengo chip implantado, pero sí una agenda en el móvil en la que todo queda registrado y, buscándolo hoy, he visto que todo esto sucedió el 8 de mayo. Diez días antes ni siquiera nos conocíamos. Cómo descontrolamos los tiempos cuando nos enamoramos…

No era un partido cualquiera: era todo un Barça-Espanyol. Subidos a la moto de J. nos dirigimos al Camp Nou. Estaba nerviosa porque ese era su escenario, su lugar de trabajo, su espacio. Quería casar en ese universo, con él, como si esa fuera la fórmula para encajar en su vida. Creo que J. lo vivió con cierta inquietud también, en su caso creo que por si nos encontrábamos con sus compañeros de profesión. J. es discreto, introvertido y siempre pretende pasar desapercibido -es una de las cosas que más me sorprenden de él: que no entienda que nunca lo conseguirá porque desprende una luz descomunal-. Efectivamente, nos encontramos con algún que otro colega suyo y, mientras intercambiaban unas pocas palabras, yo solo podía pensar en la absurda envidia que sentía de todos ellos por formar parte de su pasado. Por eso que yo nunca tendría.

 

Tras un breve paso por la zona de prensa, nos fuimos a instalar a la tribuna para disfrutar del derbi. El primero de los 5 goles del Barça lo marcó Messi, quién sino. Cuando vi el balón colarse entre los tres palos salté como un resorte a celebrarlo y al tiempo me giré tanteando la mirada de J., buscando compartir esa alegría y encontré sus ojos pardos fijos en los míos, sonriéndome. Creo que contemplaban lo que nos estaba pasando, con la misma incredulidad con la que todo un estadio admiraba los malabarismos del 10 del Barça.
El partido en sí se ha difuminado en mi memoria, pero recuerdo esos ojos de J. brillando, eso sí lo recuerdo bien, también la piel de gallina y esa sensación de estar solos en el estadio, incluso con 100.000 personas voceando. Cuando terminó (con un fabuloso 5-0) J. me acompañó a casa y, como tenía previsto, terminó la velada con su hermana. Y mi carruaje se convirtió en calabaza.

 

A veces me gustaría tener ese chip implantado y revivir aquel domingo de mayo, volver a subirnos a su moto por primera vez, volver a encontrar un último pretexto para no separarnos… Luego lo pienso mejor y creo que, si llevara ese chip, haría exactamente lo mismo que el protagonista de la serie: plantarme ante el espejo, coger una cuchilla y arrancármelo. Y es que nada de eso se puede “re-visionar”: tal momento es imposible de encapsular.

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