Color dragón.

Hace ya unos años, montaron en Barcelona una retrospectiva de la artista Sophie Calle. Una de las instalaciones de la muestra partía de un correo electrónico en el cual su pareja daba por terminada la relación.
“Recibí un e-mail de ruptura”, explicaba la artista en la presentación. “No supe qué responder. Fue como si no fuera conmigo aquello. El e-mail terminaba diciendo: ‘Cuídate’. Tomé la recomendación al pie de la letra. Pedí a 107 mujeres que me ayudaran a interpretar el e-mail. Que lo analizaran, lo comentaran, lo representaran, lo bailaran, lo cantaran, lo disecaran, lo agotaran. Que hicieran el trabajo de comprender por mí. Que hablaran en mi lugar. Una manera de tomarme mi tiempo para romper. A mi ritmo. En definitiva, cuidarme”.

Cada una de las 107 mujeres -de diferentes profesiones- decodificaba las palabras y la glacial despedida del tal G. a su manera.
Es un poco lo que hacen los amigos cuando despliegas tus lágrimas, tu incomprensión o tu impotencia tras una ruptura, ¿verdad? Tal vez sea la mejor manera de sacar el dolor de las entrañas: convertir lo íntimo en público, exponerlo al mundo y a otras miradas.

En este caso eran 107 respuestas: la profesora de lengua corregía el texto y presentaba el e-mail lleno de tachones rojos, correcciones de puntuación, comentarios al margen; la cantante lo convertía en canción, la psiquiatra respondía con un largo escrito sobre los problemas de autoestima y de falta de madurez del autor, una jovencísima estudiante hacía un comentario de texto, como los que había aprendido a hacer en el colegio, con frases del tipo “yo creo que este señor no está muy seguro de querer a su novia y por eso decide romper con ella”. Y así hasta 107 versiones.

La instalación era fascinante; me emocionó esa necesidad de convertir el dolor en otra cosa, en un juego, en una venganza acaso, en algo más relativo, menos áspero. Algunas interpretaciones te sacaban una sonrisa pero mientras recorrías las salas y pasillos te iba invadiendo el suave pesar del desamor, una presencia que lo cubría todo con un velo de tonos apagados. Como si el paseo fuera eliminando intensidades, devolviendo a la tierra, a los tonos siena y neutros, algo que había sido coloreado con tonos demasiado vivos.

Todos llevamos múltiples capas de colores. Son los colores de nuestro pasado, de lo vivido y sentido y conforman nuestro color más propio y peculiar.
La tristeza es una capa pesada de un color ocre, indefinido y apagado que desluce un poco el todo.
El enamoramiento, en cambio, deslumbra tanto que no ves nada, no distingues tonalidades, sólo hay pura intensidad. A lo mejor es porque lo ves todo desde lo alto de esa nube de azúcar sobre la que levitas cuando conectas con alguien. Con el paso de los días, los ojos se acostumbran a la potencia y empiezas a apreciar tonos y matices.
El amor, si llega, te regala otra escala cromática: cuando amas aprendes a atravesar los tintes superficiales, a quitar capas innecesarias, poco a poco, mano a mano, hasta encontrar ese matiz singular del otro, ese color único tan frágil y liviano al que quedas anclado irremediablemente.

Una ruptura tiñe todas tus grietas de llamas oscuras. Y te das cuenta de que no basta con soltar lastre para desanclarte de ese color amado, de que lo único que puedes hacer es cortar el cabo y sangrar. Ese es el color del desgarro: una mezcla de sangre, fuego y carbón.

Sabes que “también esto pasará” (como reza el título de la fabulosa novela de Milena Busquets) y que el tiempo convertirá el dolor en recuerdo, o en olvido…

Alguien me ha recordado hoy que lo único que entregas de verdad es tu tiempo. Y Sophie Calle venía a decir que ese tiempo tuyo en la ruptura debes dedicarlo a cuidarte, a procurar que el adiós no se alargue.

Tal vez no haya que entregar tanto tiempo propio y ajeno con la esperanza de que lo cure todo. Tal vez lo mejor sea actuar. Así que he buscado una alternativa y he construido un cajón que abduce los colores esfumados y los modifica.
Hoy he metido en ese cajón, tachadas con tinta negra indeleble, unas palabras que un día escribí con mi mejor color de entonces: “prefiero perderme las posibilidades de una vida con otros antes que perderme las posibilidades de una vida contigo”.
Creo que ha funcionado. Ya casi han desteñido y se están transformando en estas otras palabras de una canción de Manel: “que la vida que nos hemos perdido simplemente no existe”.

Y lentamente, las posibilidades de otras vidas despliegan sus alas. Suavemente, el color dragón despierta de su letargo.

 

  • Ilustración de Faried Omarah.

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