Se buscan dragones

Hace un tiempo, que ahora me parece una eternidad porque fue antes de ese 2020 terrorífico, vi una serie -Counterpart- en la que se habla de un mundo paralelo al nuestro surgido de un misterioso desdoblamiento en el año 2002. Es un universo idéntico al nuestro y existe otra persona idéntica a ti; bueno, en realidad era idéntica a ti el día en que se duplicó el mundo. A partir de ahí, tú y tu otro yo, os desarrolláis de manera distinta, según las decisiones que toma cada uno, según ciertas casualidades, momentos, interacciones con otros «yos» desdoblados. Si accedes a ese otro mundo, puedes ver a alguien con tu mismo pasado, con tu historia, con tus genes, pero que se ha convertido en alguien muy diferente de ti.

Todos nos hemos preguntado dónde estaríamos si hubiésemos tomado otras decisiones, ¿verdad? Yo divago a menudo pensando en pequeños instantes que habrían cambiado la evolución de mi yo en distintos momentos de mi vida. A veces depende de algo tan simple como una palabra dicha o callada, una decisión tomada o que otros acabaron tomando por ti, esas palabras que pensaste pero no te atreviste a decir o a escribir.

Las palabras siempre ejercieron mucho poder sobre mí. Tengo, por ejemplo, un recuerdo muy vívido de la primera vez que me rompieron el corazón: fue H. en una carta –tendríamos 12 años- en la que me decía que estaba empezando a conocerme mejor y que quería que fuéramos amigos. Era una carta preciosa, más propia de un adulto (H. era especial), pero me decía que solo quería ser mi amigo. Yo estaba locamente enamorada de él, me pasé un curso mirando su nuca en clase de informática (era la única clase en la que lo tenía sentado delante de mí), suspirando por que se girara y me mirase. Pero no lo hizo. Conservo esa carta y a veces me da por pensar qué habría pasado si H. me hubiera enviado otro tipo de mensaje, una declaración de amor (infantil). Tal vez mi siguiente curso habría sido distinto, habría tenido más confianza en mí misma, más seguridad. Tal vez nos hubiesemos hecho realmente amigos inseparables. Incluso podría haberse convertido en el protagonista de mi primer recuerdo amoroso: mi primer beso. Pero no fue así.

Otra carta que me marcó (esa por desgracia la perdí) fue la de R. a los 18 años. Me hablaba de un personaje de novela, la Maga, y venía a disculparse, a su modo, por no haber sabido tratarme con más respeto y cariño durante unos meses. Recuerdo que me describía como una persona con integridad y dignidad, decía que admiraba mi entereza, yo que no sabía lo que significaba eso. Pero esa palabra me marcó, quedó grabada a fuego en mi forma de afrontar la vida. Qué difícil es ser entero cuando la vida te atropella…

Somos las decisiones que tomamos; también las que no tomamos. Pero sobre todo somos lo que nos va pasando y como nos reconstruimos cada día. Vas viviendo, tienes experiencias, encuentros, desencuentros, sorpresas y desengaños, errores y aciertos. Y vas tejiendo una red en tu cabeza.


Como las arañas que tejen redes que cubren árboles enteros y tienen un hilo guía que no sueltan y así saben qué ocurre en cualquier punto de su red. Como las arañas, notamos vibraciones si algo toca nuestra red, incluso antes de que pase. Debes de estar atento a ese leve movimiento que puedes presentir si estás alerta, el movimiento que provocan las personas que importan al rozar tu espacio. Puede ser un movimiento en forma de palabras, de gestos, miradas o puntos suspensivos…

Con algunas personas es más sencillo porque son verdaderos libros abiertos, pero otras vienen encuadernadas en tapa dura, de lectura más compleja; o pueden ser ligeras como ediciones de bolsillo pero ninguna es fácil de leer.

Y eso me hace pensar que todos deberíamos venir con notas a pie de página, pequeñas aclaraciones que ayuden a los demás a profundizar en quiénes somos, en lo que pensamos y sentimos. Que puedan ayudar a entender que un día de sol radiante te quedes abstraído mirando a la nada, por una nota a pie de página que rece: * S. recuerda un momento de conexión, de esos que dejan huella, y se pregunta si intentar repetir ese instante pondrá fin a la magia del recuerdo o si, al contrario, abrirá un camino misterioso y lleno de dragones…

Se piensa, se sueña, con muchos matices, notas al pie, en círculos, idas y vueltas, paréntesis. Pero se vive más deprisa, todo se escurre demasiado rápido, sin tiempo para los detalles más sutiles. Y el que te tiene enfrente se pierde la mitad de tu película, de tu canción. Todos deberíamos poder tirar de las notas al pie de los demás. Al menos de eso.

Y algunos, como J. deberían, además, llevar «N d T», Notas del traductor. Porque J. es de esas personas que viven en su territorio, con su propio idioma, de signos y gestos, de silencios, que cuesta descifrar. A veces creo que por fin descifré la mayor parte y empiezo a leerle con más fluidez. Otras me doy cuenta de que me pasa lo que a los bilingües: que mezclo idiomas y ya no sé si le comprendo o me estoy montando mi propia traducción…

Me gustan los libros… Y adoro los libros de segunda mano, especialmente los que vienen subrayados, con dedicatoria y con muchas notas a pie de página. Son más interesantes, son historias dentro de otras historias, son libros desdoblados, que pasan de un mundo a otro y que te recuerdan que en esa red que vas tejiendo cada día, caben palabras, ideas, muchos matices, muchas dudas y pocas certezas.

Y, con las personas, como con los libros, hay que escojer aquellos que, complejos o simples, te abren la puerta a otros mundos y te convierten en una mejor versión de ti mismo. Y si escoges mal y no tienes el valor de volver a empezar, siempre tendrás el consuelo de pensar que en un mundo paralelo hay otro tú que ha escogido mejor y tal vez puedas asomarte a mirar…

Quién sabe… podrías encontrar dragones.

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