El amor es un puñado de conchas del verano pasado.

No me gusta la playa. Bueno, a ver, claro que me gusta la idea de la playa: la brisa, el susurro de las olas, el sol calentándote el alma, el agua salada, las rocas suavizadas por algas. ¿A quién no iba a gustarle esto?
Lo que no me gusta es la realidad de las playas en verano, en las que la brisa es un viento que levanta la arena para meterla en tus ojos y en rincones insospechados de tu cuerpo, el susurro de las olas está sofocado por el ruido de la gente que pega su toalla (su nevera, sus sombrillas y… su música!) a la tuya, el sol abrasador te deshidrata el cerebro, el agua más bien parece vino turbio acompañado de medusas, y las rocas soportan más plástico que algas.

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Claro está que hay playas y playas. Y esta es la premisa de la que partió J. para intentar cambiar mis prejuicios sobre el icono del verano. Él adora la playa.
Así que el verano pasado recorrimos varias playas y calitas, desde la Cala Fonda en Begur, la playa de Pals, Sant Tomàs, Cala Mitjana, Trebalúger en Menorca, la playa de Creixell, Sant Pol de Mar, y otras tantas.
Tengo que reconocer que su “hay playas y playas” era cierto, y, aunque yo sigo siendo más de tierra que de arena, descubrí una forma de libertad que sólo aporta el mar: la sensación de no necesitar nada, de despojo deliberado. Así que desde el verano pasado, mi idea de la playa es la de ese lugar en el que eres libre de todas tus cicatrices.

Cuando bajó el telón del buen tiempo, un día, como quien no quiere la cosa, J. apareció con un regalo envuelto en papel de periódico. Era un tarrito de cristal con algo más de una veintena de conchas. Había recogido una concha en cada una de las playas en las que habíamos vivido esos días de verano, una suerte de testigos de esas experiencias inexpresables. Rellenó un tarrito de cristal con emoción pura.
Ahora J. ya no está y su rastro me ha dejado una honda cicatriz. Creo que nunca más podré volver a una playa sin pensar en ese puñado de conchas del verano pasado. O tal vez sí, tal vez sea precisamente la próxima playa la que barra con sus olas esas conchas de mi alma.

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