El amor es una montaña de tomates secos del mercado de Módena.

pomodori_secchi

Mi periplo hacia la Osteria Francescana de Massimo Bottura, el restaurante nº 1 de la lista San Pellegrino “The World’s 50 Best Restaurants” empezó antes de saber siquiera de su existencia.

Así empieza el círculo de esta historia: durante unos días de vacaciones en Bolonia, hicimos una escapada a Módena. Escogimos esa ciudad un poco por casualidad, no fue por su famoso vinagre ya que J. no soportaba ni el olor del vinagre. La verdad es que en ese momento de nuestra relación nos importaba muy poco el destino, sólo transportábamos nuestro amor por calles adoquinadas y mirábamos los lugares a través de las gafas de pasta negra del enamoramiento. Nos topamos con el mercado nada más empezar a voltear la ciudad. Compramos parmesano, una ensalada de burrata, tomates, pimiento verde y aceitunas negras (para la cena) y en un momento vi como a J. se le iluminaba la cara: estaba contemplando una montaña tremenda de tomates secos apilados en un mostrador. Le encantaban. Compramos una bolsa enorme, como medio kilo; le salía la felicidad por los ojos. Seguimos nuestro paseo por las calles de Módena, resguardándonos bajo sus pórticos del tremendo calor.

Comimos en la Trattoria Da Danilo una pasta fresca deliciosa y luego seguimos deambulando bajo el sol. Fui dirigiéndonos hacia el mercado de nuevo: quería comprar más tomates, volver a casa con una cantidad escandalosamente exagerada de tomates secos, quería empaquetar ese brillo de sus ojos y que le durara para siempre.

De repente, me dijo: “mira! Aquí está la Osteria Francescana, el mejor restaurante del mundo”. Una casa de revoco rosa palo, el número 22, una planta y una placa dorada con el nombre grabado: la delicada elegancia de lo básico y esencial, sin caer en ese minimalismo sin alma tan de revista. Era un rincón perfecto.
Mi mejor amigo es un loco de la gastronomía de alto copete, así que J. y yo nos hicimos una foto con ese telón de fondo para enviársela. De hecho le dijimos que habíamos comido allí y le mandé unas fotos de platos que encontré en internet. No soy de hacer fotos de la comida y, cuando las hago, son siempre para mandárselas a él y darle envidia; pero suelo acordarme cuando estoy terminando el plato, así que le envío siempre fotos de platos casi vacíos. Tuve que buscar mucho en Google para encontrar fotos de platos a medio comer de la Osteria para dar credibilidad a la farsa. Y funcionó! Qué momento, qué pequeña (y efímera) victoria tan maravillosa!

Volvimos de Italia con más amor, con un pedacito irrepetible de vida compartida y con “una cantidad escandalosamente exagerada” de tomates secos.
Pasaron las vacaciones, pasó el verano y unos meses más tarde también pasó el amor de J.

Cómo duele un amor que se agota…

Un día, en medio de ese dolor, un amigo me recomendó un serie documental de Netflix: Chef’s table. El primer capítulo relata la historia de Massimo Bottura y de su Osteria Francescana. No lo podía creer.

Empieza con una secuencia de Massimo paseando por el mercado, por nuestro mercado, por entre nuestros tomates secos. Empecé a llorar en ese minuto y no paré hasta que terminó el capítulo. Si no lo habéis visto, corred a hacerlo. La serie es una maravilla, pero lo que desprende el primer capítulo, lo que desprende la Osteria es sublime: en ese pequeño espacio alimentan sueños.

Incluso antes de que aparecieran los créditos, sabía que tenía que ir a la Osteria. Me lancé a su web para hacer una reserva, para cualquier día, de cualquier mes, de cualquier año. Me daba igual cuándo, pero tenía que ir.
Tuve que esperar al dia 1 del mes, a las 10 am, momento en el que se abrían las reservas para marzo y abril. Qué dulce casualidad  -pensé- podía reservar para el 27 de abril, el día que conocí a J.  Sería una manera grandiosa de cerrar el círculo, de dejar atrás el dolor y conservar sólo amor a través de un último bocado divino.

Ernesto Sábato escribió, creo recordar que en “Sobre héroes y tumbas”, que “siempre es levemente siniestro volver a los lugares que han sido testigos de un instante de perfección”. Ese lugar lo fue y yo necesitaba volver para poner un punto y final, para cerrar el círculo y que el amor deje de ser una montaña de tomates secos del mercado de Módena.

Nos vemos el 27 de abril, Massimo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s