Mi primera vez.

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Podríamos ir a correr juntos -me sugirió J. al poco de conocernos. ¿Correr…? -cavilé- buf, yo nado de vez en cuando, me encanta nadar, pero hace años que no salgo a correr. Sin embargo, la perspectiva de compartir una afición tan suya me pudo y acepté.

J. practica varios deportes, y no me refiero a que se pasee por el gimnasio regularmente, no, él es deportista: entrena y compite en triatlón, maratón y otros tantos “ón” que se le ofrezcan, vive entre el deporte. Apenas nos estábamos descubriendo, así que cuando pronuncié ese “sí” a juntarnos para correr, le presenté una versión de mi afición al galope algo distorsionada: en lugar de confesar que no había corrido nunca (en los últimos 10 años al menos) exclamé con contenido entusiasmo: “No soy muy de correr, pero vamos algún día, claro!”. 

Una vez dicho esto, no me quedaba otra que apechugar. Así que al día siguiente me acerqué a la tienda de deportes más cercana para hacerme con algún equipamiento básico de corredor del que, obviamente, carecía. Tras sortear unos pocos eslóganes motivadores (de los que sólo entendí la importancia un rato más tarde), llegué a la sección de ropa deportiva para mujer. El panorama era descorazonador: secciones de “running”, “training”, “outdoor”, ropa “dry-fit”, “power-speed”, “pro-sculpt”. No sabía por dónde empezar. Por las zapatillas -pensé- y mientras me las pruebo voy mentalizándome para asimilar lo demás. Pero en la sección calzado, el caos era incluso mayor, así que consulté con un dependiente que me preguntó si las precisaba para pronador, supinador o de pisada neutra, para entrenamiento o competición. Unas para huir de aquí -habría querido gruñir- pero me vino a la mente el “eres más fuerte de lo que crees” que había leído al entrar y contesté: “me probaré esas de color naranja con cordones turquesa (eran muy bonitas), sean para lo que sean, en un 40, por favor”.

Conseguí salir con zapatillas, mallas y camiseta de mi talla (aunque, en cuanto al resto de prestaciones técnicas, posiblemente del todo inconvenientes). Y llegó el día D: una calurosa y radiante jornada de junio, con una temperatura de 35 grados. A las 15h de la tarde nos encaminábamos hacia el paseo marítimo de Barcelona. Si estar dispuesto a correr en tales circunstancias no es amor… Arrancamos…  J., ajeno a mi realidad, empezó a charlar. Habrían pasado tres minutos y algo me preguntó pero yo ya era incapaz de contestar. Al cabo de un momento escuché un “¿estás bien?” al que respondí balanceando la cabeza y creo que balbuceando un leve “si”. Esa fue toda mi aportación a la conversación. Aún así logré completar unos 4 km. hasta que arrojé un “no puedo más” algo desesperado.  Cuando recuperé la visión que había quedado anegada por el sudor, vi en la mirada de J. una suerte de resignación. Supuse que se había dado cuenta de que compartir afición iba a ser complicado, pero le pudo el amor y lo que decían sus ojos ahí quedó y sólo me abrazó con palabras de aliento y comprensión. Y por ello posiblemente repetimos un par de veces más, y tras cada intento íbamos un poco mejor. Empezaba a resultar alentador.

Al poco, le sugerí a J. ir a pasar un fin de semana a los Pirineos. Él es más de playa, así que para seducirle con la idea de pasar un 15 de agosto en la montaña, proyecté un perfecto fin de semana a su medida: combinación de buena comida, piscina y deporte, con ascensión a la cima del Puigmal incluida. Incluso le tenté con inscribirle a una carrera popular con fines benéficos de 10 km. que se organiza todos los años por esas fechas. Lo tenía todo planificado. O eso creía yo. Lo que claramente no se me ocurrió es que se lanzaría a apuntarnos a esa competición a los dos. Y es que eso era manifiestamente impensable.

Así andaba yo, incrédula, la tarde anterior a mi primera carrera, tras una excursión hasta los casi 3.000 metros del Puigmal, recogiendo los dorsales para la prueba deportiva. Al día siguiente, poco después del amanecer y sin tiempo para recuperarme de lo que para mí ya había sido el ejercicio intenso del mes, estábamos dispuestos para “mi primera vez”. Me fue escuchando toda la carrera -y eso que no hablé- prestando atención a mis jadeos, a mis respiraciones entrecortadas, a mis resuellos y encontrando las palabras justas, ora de ánimo, ora de aliento, preguntándome si prefería desistir, atento en las cuestas, estoico en mis tramos más pesados y sí: gracias a él y a pesar de mi misma, la completé. Así fue mi primera vez.

No pensé que te aficionarías a correr -me expuso al cabo de un tiempo- sobre todo después de esa primera salida por la playa… Pero así fue. Me aficioné. Y corrimos juntos muchas veces más, por otros paseos marítimos y por esa carretera de les aigües en la que, además de sudor y endorfinas, liberamos alegrías, silencios, confidencias, lágrimas y futuros.

Hoy, mientras desgastaba un poco más mis zapatillas y estrenaba mallas, iba pensando que las relaciones son un poco como esa carrera del verano, en la que lo importante no fueron las subidas o bajadas, la preparación, las marcas personales, ni siquiera el hito de llegar, sino el hecho de que alguien como J. escogiera regalarme sus minutos, prestarme sus palabras, acompasar su aliento al mío y acompañarme en el camino ayudándome a completar otro metro, otro kilómetro, otro latido; iba pensando que lo que cuenta son esas personas que pueden calzarte unas zapatillas, engancharte un dorsal y, de repente, enseñarte a volar.

* Ilustración de Conrad Roset.

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