Rapsodia de colores.

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En la esquina de las calles Bergsgatan y Almbacksgatan, en Malmö, un artista anónimo ha creado en el zócalo de una fachada unas pequeñas tiendas para ratones. Estos disponen de un local que vende nueces, el “Noix de vie” y de otro llamado “Il topolino” que ofrece múltiples variedades de queso. Lo que empezó como un divertimento se ha convertido en todo un fenómeno, con centenares de seguidores y colaboradores espontáneos.

Y es que la idea de que otros seres vivan en un mundo paralelo muy parecido al nuestro siempre ha resultado fascinante. Recuerdo unos dibujos animados que nos hipnotizaban a mis hermanas y a mí: eran los Diminutos, unos “pequeños seres bondadosos” que vivían en nuestras paredes, pero que casi nadie podía ver; sólo algunas personas con miradas insólitas podían acceder a ese universo secreto. Mantuve inalterable el íntimo deseo de que esos microcosmos existieran de verdad durante años. Tal vez porque siempre tuve la sensación de estar algo desubicada, de andar un poco perdida, de no encajar donde me tocaba. Quizá tenía la esperanza de que mi lugar estuviera en algún otro mundo, que existía aunque yo no lo pudiera distinguir aún.

A menudo me dicen que simplemente padezco el clásico síndrome de Peter Pan. Pero no es que me niegue a seguir adelante, ni siquiera que quiera volver atrás; lo que sí me resisto a aceptar es que hay cosas que han quedado en el camino, que ya no podré hacer todo lo que quedó por hacer, por pensar, por sentir, por explorar; me resisto a creer lo que pone Mark Twain en boca de Eva en el delicioso “Diario de Adán y Eva”: “el secreto del agua representó un tesoro hasta que lo descubrí. Después toda la emoción desapareció y tuve que reconocer una sensación de pérdida. […] Esas cosas me entristecen porque, poco a poco, cuando lo haya descubierto todo, ya no habrá más emociones ¡y me gustan tanto!”.

Tal vez lo único que hace falta para no perder la capacidad de asombrarse, para no volverse triste, gris, es aprender a colorear ese pequeño mundo paralelo personal, ese espacio intransferible que, teñido con nuestras propias tonalidades, logra darnos una tregua del gran arcoiris predeterminado del universo.

Dicen que Cézanne dejaba espacios en blanco en sus lienzos si no podía justificar una pincelada, si no podía dar razón de un color. A menudo siento que soy una sucesión de incontables pinceladas injustificadas.
Pero entonces ocurre algo inesperado y por un breve instante, en uno de esos momentos perfectos, esa rapsodia de colores que me conforma cobra todo su sentido. Por un breve instante, en uno de esos momentos perfectos, todos mis colores encajan y no me siento perdida ni desubicada. Por un breve instante, en uno de esos momentos perfectos, siento que estoy justo donde quiero estar.

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